Paul McCartney odia lo japonés y mucho más ahora debido al dinero apropiado por los capitalistas nipones de Sony, a los que ha demandado.

No hay retórica administrativa ni sueños dorados para reconquistar lo que crees que es tuyo. El impulso de James Paul McCartney trata de un perverso e inconsciente odio o rencor a todo lo que tenga que ver con Japón. Primero fue una nipona llamada Yoko Ono la que acabó con una amistad maravillosa y soberbia con su querido John. Luego, por culpa de un soplo al sobrino de la esposa japonesa de John, acabó en una cárcel de Tokyo durante más de una semana. Y, finalmente, un tipo llamado Michael Jackson, un amigo en que jamás creería que le robara su alfombra mágica de las canciones de los Beatles , terminara vendiéndoselas a los japoneses de Sony, sin que la propia Yoko le ayudara en un intento desesperado de recuperar sus obras.

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